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Condensado
de una entrevista con el Doctor Luis Rojas Marcos.
Con
frecuencia nos resulta más fácil hablar del sufrimiento que de la
felicidad. Las personas que se sienten felices no suelen verbalizarlo.
Unos, porque no desean concitar la envidia de los demás y otros porque
temen que se pierda el encanto si hablan del asunto. De hecho, sucede como
si a un ciempiés le preguntaran: ¿y tú, cómo puedes andar con tantos
pies?. Basta que se ponga a pensar en ello para que se haga un lío con
tantas patas. A la mayoría de las personas les sucede lo mismo: no suelen
plantearse la felicidad hasta que ésta les abandona.
Aunque
la velocidad y la felicidad son valores contrapuestos, un cierto nivel de
"estres" o llamémoslo "actividad" resulta
estimulante. De hecho, algunos estudios han demostrado que la tensión
urbana va unida a la producción de dopamina y adrenalina, hormonas
asociadas a situaciones excitantes como el sexo o el deporte.
Lograr
el éxito nos da un empujón, pero suele ser algo transitorio. La mayoría
de los momentos felices que nos proporciona la vida provienen
sencillamente del pan que comemos cuando tenemos hambre, del fuego que nos
caliente cuando tenemos frio, del sueño que nos restaura cuando estamos
cansados, o de esa palabra de aceptación que nos amina en un instante de
vulnerabilidad.
La
felicidad es un estado de ánimo positivo y placentero que, según el
talante y la situación de quienes la disfrutan, puede oscilar desde ese
sentimiento sosegado o sereno de satisfacción y contentamiento, que
algunos llaman paz de espíritu, a la emoción más intensa y arrolladora
de éxtasis y encantamiento.
La
búsqueda de la felicidad es algo que llevamos dentro. Nacemos con una
tendencia irresistible a buscar una vida mejor, a buscar el bienestar,
nacemos con una cierta predisposición a ser felices. Siempre me ha
sorprendido en personas que han tenido accidentes y han de sobrevivir
inmovilizados con ayuda de ventilación artificial, ver cómo vuelve a
recuperar su talante jovial y el mismo entusiasmo que antes.
En
los primeros diez años de vida es cuando se configura la predisposición
a sentirse más o menos feliz, pero una vez que llegamos a esa edad, la
mayoría de las personas mantiene su nivel de contentamiento. Por eso se
habla de personas dichosas o de gente obsesionada.
Sin
embargo, aunque podemos decir que en el niño optimista podemos ver el
adulto feliz, en situaciones externas muy duras, la gente que se mantiene
feliz es muy excepcional.
Muchos
filósofos ven la falta de felicidad en el hecho de que vamos a morir.
Pero la mayoría de las personas no se hacen esta pregunta. Sin embargo,
el miedo a perder el trabajo es un miedo muy real, que afecta a nuestra
economía y nuestra posición social.
En
los países ricos hay una fuente de frustración en el desequilibrio entre
aspiraciones y oportunidades. El bombardeo continuo de una serie de
ideales que pueden ir desde la belleza física al éxito y las
dificultades para alcanzar estas metas se convierten en un poderoso
antídoto para que muchas personas puedan alcanzar la felicidad.
En
este milenio seremos más inteligentes, más longevos, más altos y,
también más felices. El proceso de selección natural tiende a
desarrollar y preservar aquellos atributos que hacen al hombre mejor, y la
capacidad de ser feliz es uno de ellos, aunque todo depende de cómo nos
preparemos en esa asignatura tan ignorada en la carrera de la vida como es
el aprender a vivir.
Una
fórmula muy efectiva para prevenir o neutralizar los efectos traumáticos
de las vicisitudes más penosas de la vida y mantener una actitud
esperanzada y alegre consiste en adoptar una dieta regular de placeres
simples: una compañía agradable, una comida sabrosa, una lectura
interesante, un paseo por el parque, un espectáculo entretenido, una
música grata, una charla amena, y por supuesto tomarse la vida con buen
humor.
No
debemos olvidar el poder reparador del sentido del humor. Su función
primordial es aliviarnos de la tensión emocional, descargar la
inseguridad, el miedo y la ansiedad que reprimimos y acumulamos en el
inconsciente. La gran virtud del humor es que nos alegra la vida y,
posiblemente, también la prolonga.
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La felicidad es un
estado de ánimo positivo y placentero que, según el talante y la
situación de quienes la disfrutan, puede oscilar desde ese sentimiento
sosegado o sereno de satisfacción y contentamiento, que algunos llaman
paz de espíritu, a la emoción más intensa y arrolladora de éxtasis y
encantamiento.
El secreto de la
felicidad sería una dieta regular de placeres simples.
La mayoría de los
momentos felices de la vida provienen del pan que comemos cuando tenemos
hambre, del fuego que nos calienta cuando tenemos frio, del sueño que nos
restaura cuando estamos cansados. |