|
Cuenta que en una ocasión dos
perritos se dispusieron a recorrer mundo porque estaban aburridos del
lugar donde vivían.
Asé que salieron y por el
camino encontraron los más diversos personajes y situaciones de las que
iban aprendiendo y disfrutando.
En una ocasión se encontraron
delante del Castillo de los Espejos pero ellos no sabían que se llamaba
así. Como no sabían lo que les esperaba decidieron que entraría uno
primero y un poco después el otro.
A la salida se esperarían y
contarían su experiencia.
El primer perrito contó:
"Cuando entré lo primero que vi después de atravesar un largo pasillo fue
otro perro que me miraba de forma agresiva por lo que comencé a ladrarle.
El otro perro me ladró también y se mostró más agresivo, así que tuve que
correr, pero en la esquina siguiente me encontré a otro perro que también
me ladraba y yo le ladré, pero luego aparecieron muchos más que me seguian
ladrando y mirando con malas pulgas".
"¿Y a tí como te fue
-preguntó-?"
"No sé si estuvimos en el mismo
sitio -contestó su compañero- porque aunque yo también encontré perritos,
a mí sólo me sonreían y miraban amablemente. Cada vez que avanzaba
despacio, ellos se movían despacio, si sonreía me sonreían, y así poco a
poco llegué al final del castillo".
"Seguramente habremos cogido
por distintos caminos" dijo el primer perro.
Sin embargo, ambos habían
estado en el mismo lugar y por los mismos pasillos, pero no sabían que lo
que habían visto eran a sí mismos reflejados en las paredes del Castillo
de los Espejos.
En la vida de los humanos nos
ocurre igual que a los perritos del cuento. Si sonreímos nos sonreirán, si
refunfuñamos, refunfuñarán.
Prueba a sonreir un poco más y
compara las caras y las actitudes de las personas que te rodean. Con
seguridad reflejarán y te devolverán esa sonrisa que les envías. Y lo que
es mejor, probablemente aumentada.
 |